La cuestión de cómo articular las relaciones entre arte medial, contexto local y circuito internacional es problemática y la discusión tiene distintos matices en cada uno de los países de Sudamérica. El de la Argentina es un caso particular, en el que la preocupación por el arte medial surgió inicialmente en relación a un contexto internacional y por intermedio de instituciones clave: los Centros Culturales de España, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y el Espacio Fundación Telefónica, entre otras. De artistas y teóricos pioneros como Graciela Taquini, Jorge Laferla, Carlos Trilnick o Gustavo Romano. Y que más tarde se consolidó a través de la acción del Estado con la creación de programas de grado y posgrado en la Universidad Nacional de Tres de Febrero, el Instituto Universitario Nacional de las Artes y la Universidad Nacional de Córdoba. Hasta constituirse en un campo estructurado y claramente diferenciado del de las artes visuales con artistas, curadores y teóricos especializados, con sus propios ámbitos de formación, exhibición y difusión.
Sin embargo no es un campo homogéneo hay en su interior tensiones, incongruencias y actores que trabajan en distintas direcciones, muchas veces disputando los mismos espacios y recursos. No podemos hablar de tendencias claramente identificables pero podemos vislumbrar algunos ejes de trabajo imperantes que a veces se solapan o que un mismo artista recorre a lo largo de su trayectoria. Aún así haremos una descripción breve y esquemática, que no pretende ser exhaustiva, de distintos abordaje que se distinguen con mayor claridad.
Arte, ciencia y tecnología
La exploración del cruce entre arte-ciencia y tecnología es uno de los ejes de trabajo que se desarrollan con más fuerza y hace más tiempo en el circuito argentino de artes electrónicas. Los artistas que trabajan en esta dirección lo hacen incorporando paradigmas tecno-científicos para establecer el funcionamiento y la dinámica de sus obras, desarrollando dispositivos tecnológicos relativamente complejos. Nos referimos a instalaciones immersivas, interactivas, piezas robóticas, plataformas web que exploran los sistemas generativos, complejos, visualización de datos, la auto-organización, los autómatas celulares, algoritmos genéticos, redes neuronales o vida artificial.
Estoy pensando, por ejemplo, en la obra Proxemia de Mariela Yeregui, una instalación robótica interactiva compuesta por un conjunto de pequeños robots autopropulsados que rehuyen al contacto con otros y entre sí. O en el proyecto Telefonías de Mariano Sardón, que consiste en una gran instalación de tubos plásticos y líquidos de colores que visualizan el flujo de comunicaciones que se procesan en la central telefónica alojada en el edificio en el que se encuentra la obra. También en Sensible, una instalación del Grupo Proyecto Biopus que permite a los usuarios intervenir intuitivamente en un ecosistema virtual generando sonidos en tiempo real. También en piezas de otros artistas argentinos, como Propagaciones de Leo Nuñez, un sistema de autómatas celulares conformado por cincuenta robots low tech que se ponen en movimiento con estímulos lumínicos. Lo mismo podría describir piezas de Martín Bonadeo o Marina Zerabrini, entre varios otros.
Por la complejidad técnica que implica este tipo de obras, encontramos o que sus creadores provienen del campo de las ciencias duras, la informática o la ingeniería, o bien son artistas que dependen de una contraparte técnica que asista en la producción de la pieza. En cualquier caso es común que requieran de infraestructuras institucionales para llevar adelante su trabajo. Este tipo de obras requiere distintos tipos de competencias, equipos de trabajo, a veces presupuestos importantes, disponibilidad de equipos o de espacio. Por lo que los esfuerzos necesarios para llevar adelante estas prácticas no corresponden sólo a individuos sino también a fundaciones, universidades y centros culturales.
La infraestructura existente apoya con becas, subsidios y ayudas. Universidades e instituciones invitan periódicamente a especialistas del exterior a dictar cursos, talleres y conferencias en la Argentina. Buscando a su vez llevar adelante una labor recíproca de difusión y promoción de las producciones argentinas en el extranjero, facilitando su inserción en muestras, concursos y selecciones internacionales. Es decir que hay un interés de las instituciones por promover la profesionalización del medio y de los artistas locales y su inserción en un circuito internacional.
El rol de las universidades en este sentido es fundamental. Es importante señalar que la mayoría de los artistas que mencionamos son profesores universitarios, que normalmente escriben textos académicos sobre su propio trabajo y sobre problemáticas de su campo. Asistimos así a un fenómeno distinto a lo que sucede en el campo de las artes visuales en Argentina donde el creador está claramente diferenciado del teórico o crítico e incluso el ámbito académico está escindido del circuito artístico. Igual de llamativo es que la universidad pública se ha convertido en el ámbito de formación privilegiado en artes electrónicas y esto ha implicado inversiones comparativamente grandes en relación a las otras carreras que se dictan en esas instituciones. También es fundamental el rol de los auspiciantes cuyo financiamiento generalmente implica dinero para producción de obras, programas de formación, exhibiciones, de libros o catálogos, préstamos o donación de equipos, y que provienen mayoritariamente de la industria tecnológica o las telecomunicaciones.
Es evidente el interés de quienes trabajan y apoyan el trabajo sobre el eje arte-ciencia-tecnología por incidir en temáticas y preocupaciones que se instalan con fuerza en los circuitos internacionales. Los esfuerzos parecen apuntar a una reivindicación de las posibilidades de acción desde la periferia, desestimando que las condiciones materiales del medio funcionen como una limitación. Pretendiendo posicionarse ya no como meros receptores de tendencias e innovaciones, sino como productores e investigadores. Este es un objetivo loable que ha rendido sus frutos, siendo los realizadores, teóricos y gestores argentinos muy bien reconocidos en el exterior, mientras que las instituciones que mencionamos se convierten en referencias obligadas en la región.
Sin embargo, las aspiraciones que motivan los esfuerzos de estos actores individuales, institucionales y corporativos parecieran ir más allá, asignando al trabajo en el campo de las artes electrónicas la posibilidad de generar innovación, valor agregado, desarrollo. La idea detrás del trabajo artístico con dispositivos tecnológicos problematizando conceptos y paradigmas científicos es en teoría construir instancias de investigación trans-disciplinaria, convirtiendo al taller del artista en un laboratorio. Esta idea no se forja en el ámbito local, pero se adopta pensando que el abordaje de estos temas desde el arte puede generar conocimiento. El discurso imperante en textos de artistas y en presentaciones institucionales sostiene que las relaciones de colaboración, intercambio e influencia entre arte, ciencia y tecnología son recíprocas y bidireccionales. En la práctica sin embargo esto no se comprueba, y casi ninguna de estas discusiones y producciones sale del campo del arte. Potencialmente la aplicación de conceptos científicos que describen fenómenos y dinámicas emergentes podría tener implicancias para la vida social o política que vale la pena explorar creativamente. El problema es que al momento estas premisas son una aspiración que no necesariamente se traducen en logros concretos.
Circuitos, performance y reciclaje tecnológico
Otra es la apuesta de quienes trabajan en la línea de lo low tech. A medio camino entre el hobbysmo en electrónica, la construcción de aparatos, la performance y la música. A diferencia de lo que describíamos recién aquí asistimos a una reivindicación del amateurismo, y a la fusión de las figuras del técnico y el artista. Tampoco vemos ahora equipos de trabajo trans-diciplinarios que combinan esfuerzos para el desarrollo de una obra compleja, grandes infraestructuras ni presupuestos abultados. En cambio se trata de artistas versátiles que trabajan con lo que tienen a la mano, lo que encuentran en la calle o en ferias de usados, que se identifican con la cultura Hacker y el DIY (do it yourself).
Esto se traduce en prácticas artísticas a partir de reciclaje tecnológico, la baja tecnología, el circuit bending, la utilización de componentes baratos o de fácil acceso como decisión estética o ideológica. El referente teórico más fuerte de esta línea es el ya clásico texto “Elogio a la low tech” del teórico y curador argentino Rodrigo Alonso. Aunque a diferencia de las que describíamos antes estas son prácticas que no se anclan en la investigación teórica ni académica, mas bien explotan intencionalmente procesos autodidactas basados en la prueba y el error.
En este caso la relación el contexto local se entiende en tanto marco que impone límites, plantea problemáticas y ofrece posibilidades de intervención. Se trata de trabajar con lo que está más cercano a las posibilidades del realizador. Pero tampoco hay que entender esto como una práctica local que se contrapone a otra más pendiente de los circuitos internacionales. Estos trabajos también se inscriben en un circuito internacional y regional. Encontramos artistas trabajando con baja tecnología acá, en Alemania, o los en Estados Unidos, y en cada caso el desafío del realizador es evaluar sus medios y posibilidades de acción. De hecho la identificación de los realizadores locales que trabajan en esta línea parece ser más fuerte con sus colegas latinoamericanos y a veces con los europeos y norteamericanos, que con sus pares de artes visuales en su misma ciudad o país.
Un festival como FILE ha sido clave para que se generen estos vínculos pero también para dar cobijo a estas producciones y sus realizadores, ya que las instituciones locales dedicadas al arte electrónico todavía están buscando modos de incorporarlos a sus concursos y exhibiciones. Esta dificultad que quizás se deba al parentesco entre estas instituciones y las artes visuales y audiovisuales, implica que se generan tensiones cuando los artistas que trabajan en estos formatos más experimentales tienen que adaptarse a los espacios de exhibición y las categorías de premios existentes en el ámbito local. Así es que artistas como Leonello Zambón, el grupo Clandestina o Jorge Crowe, entre otros, o bien salen en busca de espacios alternativos de producción y exhibición, generan los propios o se acomodan para exhibir su trabajo como un objeto o como la documentación de una acción.
Me refiero por ejemplo a la presentación del trabajo de Zambón en la última muestra del Premio Mamba-Fundación Telefónica. Su obra Parasitofonía. Modelos nómades de apropiación es una bicicleta con un acoplado hechos por el artista. Con los que recorre la ciudad y sus alrededores capturando sonidos, que se procesan y mezclan al tiempo que se devuelven al entorno amplificados y modificados. En la exhibición la bicicleta ocupaba un rincón de la sala y en un pequeño monitor podíamos ver el registro en video de parte del recorrido que había hecho el artista. Era difícil en ese formato restituir el sentido y la agudeza de la intervención de Zambon en el espacio urbano.
A pesar de las diferencias en los abordajes, y del mayor o menor grado de pertenencia al campo de las artes electrónicas, éste sigue siendo el marco que le da una referencia a estas prácticas. Resta ver en qué medida el campo local de las artes electrónicas será capaz de asimilarlas y darles un lugar respetando y revalorizando la originalidad de las propuestas. Quedará para otra oportunidad destacar en mayor detalle los múltiples modos en que estas prácticas recuperan elementos de la cultura local, se relacionan con el entorno y abren nuevas posibilidades de acción.
Arte y medios
El acceso a la información, la alfabetización digital, el monopolio de los medios de comunicación, la cultura libre son problemáticas que motivan las iniciativas de diversos artistas locales. Es llamativo que el trabajo más fuerte en esta dirección se registra en el interior del país en ciudades como Córdoba y Rosario. Donde encontramos artistas como Fabricio Caiazza, Inne Martino, Lila Pagola o Laura Benech, que del mismo modo podrían ser denominados activistas. Proyectos que trabajan fuertemente sobre software y cultura libre, tecnología y género, o guerrilla de la comunicación.
Entre ellos Compartiendo Capital, una plataforma que desde Rosario intenta trasladar la filosofía del open source al campo de las artes visuales fomentando el trabajo colaborativo y en red. El proyecto Sincita que vuelca al espacio público texto tomados de la web 2.0. El Proyecto Nómade de Córdoba que fomenta la migración de artistas a software y tecnologías libres. O el sitio Chicas y Tics que promueve el software libre desde una perspectiva de género.
A modo de conclusión
El factor común entre los distintos abordajes y propuestas que enumeramos pareciera ser que se remiten, dialogan y se definen constantemente en relación a circuitos internacionales y regionales de arte electrónico o medial. Hay un interés por mantener un diálogo fluido con los colegas extranjeros lo que se logra viajando a bienales, festivales y simposios internacionales. Son varios los artistas que además han realizado perfeccionamientos en el exterior adquiriendo conocimientos y competencias que luego transmitieron a sus alumnos y colegas del medio local.
Además comprobamos la construcción de fuerte circuito regional. El rol de las instituciones de origen español ha sido fundamental en este sentido. La acción de las Fundaciones Telefónica y los CCE fomentaron un intercambio fluido entre artistas y especialistas latinoamericanos, y entre estos y sus pares españoles. Esto también fue el resultado de intercambios sostenidos a lo largo de muchos años a través de festivales y eventos sudamericanos como la Bienal de Video y Artes Mediales de Santiago, el MEACVAD de Buenos Aires, Videobrasil y File en Sao Paulo y el VAE en Lima que contribuyeron a formar una trama regional como respuesta a un circuito internacional.
Pero independientemente de esta articulación con los circuitos internacionales es importante destacar la gran capacidad que han tenido los realizadores e instituciones que mencionamos para generar contextos de producción, de intercambio y de formación en el medio local. Desde universidades, espacios de exhibición, grupos de trabajo autoconvocados y autogestionados hay un amplio espectro de personas deseosas de abrir espacios de encuentro y de discusión que ha enriquecido sustancialmente el panorama de las artes en la Argentina.
Victoria Messi
Julio de 2010





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